La misa no pidió permiso: el pueblo despidió al Indio Solaris donde el poder no supo estar

La muerte de un ícono tan inmenso como el Indio Solari dejó al descubierto una profunda grieta entre un pueblo que lo despide con amor y un gobierno incapaz de comprender la dimensión espiritual, cultural y humana de su figura. Faltó empatía, faltó grandeza y faltó un gesto institucional a la altura de un artista que representa, para millones, una parte esencial de la argentinidad.

La misa india siguió su curso natural, con la fuerza colectiva de quienes convirtieron el dolor en homenaje. Más allá de los discursos de una fuerza política que ensucia todos los días la palabra libertad, tan honrada por nuestros próceres, la bestia pop terminó recibiendo la despedida histórica que merecía: la de un ser humano que trascendió la música para convertirse en leyenda.

El dolor de sus fanáticos se mezcló con la bronca silenciosa de familias enteras que esperaban un gesto humanitario de un presidente que nunca logró estar a la altura de su pueblo. En lugar de tender un puente, eligió la provocación. En lugar de acompañar una despedida popular, volvió a exhibir la distancia que lo separa de la sensibilidad argentina.

El posteo oficialista, cargado de soberbia y relatos fabricados por su ejército de aduladores, confirma una verdad cada vez más evidente: un verdadero argentino no vende su patria ni se arrodilla ante poderes extranjeros, ni ante quienes se creen elegidos por Dios para decidir el destino de los demás.

Sabemos bien que cuando un gobernante desprecia a su pueblo, tarde o temprano ese mismo pueblo encuentra en sus entrañas nuevas voces, nuevos símbolos y nuevas formas de resistencia. La muerte del Indio no es solo una despedida: puede ser también el comienzo de un despertar colectivo, de una rebeldía profunda contra quienes intentan vaciar de sentido la memoria, la cultura y la identidad nacional.

Hoy se despide al Indio. Mañana, quizás, sea el pueblo quien despierte con toda su fuerza social para recordar que ningún poder es más grande que la conciencia de una nación herida.

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