Hay una discusión que el Gobierno de Javier Milei intenta presentar como una cuestión estrictamente técnica: si una persona tomó una deuda y no puede pagarla, el Estado no debería intervenir. El problema es que cuando la morosidad deja de ser una excepción y empieza a alcanzar a una porción creciente de familias, comercios y empresas, el debate inevitablemente deja de ser exclusivamente financiero y pasa a ser económico, social y político.
El Presidente eligió el escenario del 142° aniversario de la Bolsa de Comercio de Rosario para fijar posición. Allí rechazó que las políticas de su administración sean responsables del incremento de la mora y cuestionó con dureza a quienes reclaman algún tipo de intervención pública. El discurso se produjo el viernes 21 de agosto y puso uno de los temas más sensibles de la economía cotidiana en el centro de la pelea política.
Pero hay un dato difícil de esquivar: la morosidad efectivamente viene creciendo. Según el último Informe sobre Bancos disponible del Banco Central, en mayo de 2026 el 12,8% de las financiaciones a las familias estaba en situación irregular. En enero había sido 10,6% y al cierre de diciembre de 2025 se ubicaba en 9,3%. La mora empresaria también aumentó, aunque en niveles bastante menores: alcanzó el 3,5% en mayo.
Ahí aparece la pregunta política que el Gobierno no puede resolver simplemente diciendo que cada deuda es un contrato entre privados: ¿por qué cada vez más argentinos tienen dificultades para cumplir?
Milei tiene un argumento económico atendible cuando advierte sobre el llamado “riesgo moral”. Si el Estado garantiza permanentemente que rescatará a cualquiera que tome una deuda que después no puede afrontar, los incentivos pueden distorsionarse. También es cierto que un préstamo otorgado a una persona con mayor riesgo tendrá, normalmente, una tasa más elevada.
Pero aceptar esa lógica no obliga a ignorar la otra mitad del problema.
Una familia no analiza su economía como una mesa de dinero. Paga alquiler, alimentos, transporte, servicios, colegio, medicamentos y tarjeta. Cuando los ingresos disponibles no alcanzan, el crédito puede dejar de financiar una compra extraordinaria y convertirse en la herramienta utilizada para atravesar el mes.
Y cuando ese mecanismo se generaliza, el problema ya no puede reducirse cómodamente a que alguien “calculó mal”.
La discusión, entonces, no debería ser únicamente si hay que rescatar o no al moroso, sino por qué tantos hogares llegaron a una situación en la que necesitan financiar consumos cotidianos y luego encuentran dificultades para cumplir con esas obligaciones.